Jaula de oro

La jaula es azul. Espera escondida entre árboles y arbustos. La sombra que la protege la hace pasar desapercibida por los transeúntes de una avenida detenida en el tiempo. A su derecha, la Jarochita atrae visitantes que buscan un corte de cabello o barba a la antigua; a su izquierda, los automovilistas que desembocan en avenida Miramontes desde Taxqueña o Churubusco revisan el aire de sus llantas y la pulcritud de sus parabrisas; pocos de ellos reparan en los  ojos deslavados que inertes observan desde dentro de la jaula.

Bajo el número 2015 es distinguible un interfón. Un timbrazo rebotó en las rejas azules. Otro timbrazo sopló el polvo de las orejas de plástico que, cuentan los aledaños, parecieran alzarse un poco cada vez que alguien se acerca en demasía al espacio. No respondió nadie más que el ruido sordo de los muñecos tocándose entre ellos gracias al viento, tal y como lo querían los Caifanes.

La afonía es el efecto que tiene lo antiguo cuando no es posible venderlo como una atracción vintage, opuesto al caso de la Jarochita: los barberos y la cercanía de sus navajas a las venas de sus clientes no asemejan la crispación que causa el ver un elemento relacionado con la niñez en condición de abandono y aprisionamiento, ni mucho menos el morbo que la exhibición de ese abandono genera en los curiosos.

Como el artista del hambre de Kafka, los muñecos mutilados dentro de la jaula esperan con ansias recuperar algún interés genuino (recuerdan con nostalgia cuando una cámara de TV Azteca los grabó en 1997). Sin embargo, los rótulos que acompañan a la jaula azul poseen una suerte diferente al de la jaula kafkiana.

Todos son legibles, a pesar del tiempo. La mayoría notoriamente creados por la misma persona, con la misma tipografía y en el mismo material. La conjunción entre muñecos y afiches dan como resultado la libre convivencia entre citas de filósofos europeos como Jean Paul Sartre y refranes mexicanos o bromas provenientes del norte de la República.

 

No hay mejor espejo que las jaulas a las que somos propensos. Algunos carteles denotan la profesión del creador de esta prisión azul, en especial uno que subsiste furtivo entre los muñecos y citas célebres cuyo título reza: “COMO APRENDI A SER MAESTRO”.  Las referencias bíblicas también están presentes, lo cual no sorprende en una colonia tan conservadora como lo es la Educación. Lo sorprendente es el humor, inevitablemente del mismo tono que el de la mugre de la jaula, con el que la yuxtaposición de los carteles y juguetes replantean conceptos estipulados. Por ejemplo, en el caso del arca de Noé, una figura de Jesús comparte espacio con un He-Man sin brazos, una nave espacial y un muñeco de Mickey Mouse bajo el lema “¡Sonríe y cuídate! Que todos vamos en el mismo barco”.

La única manera que hay de leer con detenimiento cada frase de la jaula es entrando en ella. Si el timbrazo bajo el número 2015 no funciona, sólo queda meter las manos entre las rejas bajo la vigilancia alerta del “Murciélago”, piedra volcánica producto de la erupción del Xitle hace 2040 años.

¿En dónde se encuentra la felicidad? Pregunta implícitamente un cartel en respuesta a una cita célebre de Tolstoi. El muñeco más cercano a la salida, al número 2015, parece mirar con nostalgia la salida, apartado del mundo dentro de la jaula azul. Como si salir de aquella celda no significara entrar en otra. Sin embargo, los ojos del muñeco, al igual que el poema de Pizarnik, agitan pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad bailan con ellos. Sus labios adosados eximen la necesidad de otro cartel, puesto que entre ellos habita una resonancia:

“Afuera hay sol. / Yo me visto de cenizas“.

Add your Comment