De cómo la microdosis me salvó de mi dicotomía

Antes de empezar, debo aclarar que, como en todo, cada organismo responde diferente a cada estímulo y son diversos los factores que pueden o no tener resultados similares a los que expongo aquí. Esta es sólo mi experiencia.

En su momento, más por desmadre que por otra cosa, comí cuadernos (o cuartos). No me enfocaré en esta parte, pero nunca lo hice estando en bajón o con mood swings constantes: reconocía que, para mí, era una muy mala idea.

Aunque había escuchado sobre la microdosis, la neta nunca le presté demasiada atención. Este año, prácticamente el 60% de los posts sugeridos de Instagram eran alusivos a los honguitos o microdosis y, como interactué con ellos, por supuesto, YouTube también me mandó documentales y testimonios al respecto. Como si él también tuviera un algoritmo, mi conecte de María terminó regalándome dos ajitos. Digamos que “todo se dio”.

Consideré la posibilidad de comerlos enteros, pero no. Justo cuando me los regaló me sentía un poquito de la verga: había confiado de más en la persona equivocada y me sentía usada, sucia y culpable; estaba súper voluble, irritable y regresando a terapia. “Igual los quiero comer”, pensé. Comencé a prestarle más atención a la información que tenía sobre la microdosis y me sentí lo suficientemente temeraria como para confiar en aquellos que recurrían a ella todas las mañanas junto con su té mañanero; decidí darle una oportunidad incluso si los efectos eran placebo.

Mi primer micro la desayuné el día de festejo de cumpleaños de una de mis mejores amigas. Tuve un chingo de energía, me sentí entusiasta, incluso tuve el buen humor suficiente como para que no me ganara mi timidez natural. Realmente disfruté mucho ese sábado y agradecí como nunca 1. el nacimiento de mi amiga 2. la posibilidad de haber vivido esa primera experiencia cerca de personas a las que quiero. Tenía días sintiéndome bajoneada sin salir de mí misma y, al menos de primera instancia, me dio un subidón anímico comprobable en mi energía y capacidad física de comer, fumar, beber y subir stories para que las viera la h de padr…ni ve mis historias, o sí. De lo único que me arrepiento fue de haber tomado café ese día. No pude dormir.

Las siguientes pruebas fueron mejor que las anteriores. Ya sin café y aprovechando la energía que sentía desde la mañana, dormía lo suficiente. No hubo un solo día, NI UNO, que no viera algo cotidiano con otra mirada. Hasta bañarme fue una experiencia diferente (mis compas del trabajo no me dejarán mentir: incluso comencé a desenredarme el cabello). Me atrevo a decir que me dio un reset en mi relación y mi manera de comunicarme con mi morrita: me estaba validando y, por ende, la validaba a ella y a la gente a mi alrededor. En la chambing estuve productiva y de alguna manera “desperté” de cierta pasividad en la que estaba súper estancada.

Estando en micro, también, tuve un beso de tres con mi doble (sí me arrepiento, pero no fue lo peor que hice ese día en Daddy), volví a escribir, volví a pintar, volví a salir del OXXO sonriendo a las 9.15am, volví a leer “poesía”, VOLVÍ en mí: dejé de culparme y de sentirme, de nuevo, como la peor persona del mundo merecedora de castigos emocionales con caras y nombres diferentes. Era como si me permitiera a mí misma ver las cosas con cada uno de sus matices y los admirara en su total complejidad. Sin verlos blanco o negro, bueno o malo, sencillamente los vi y aproveché esa mirada, a purita fuerza de voluntad, para volver a hacer las cosas que, más que hacerme feliz, me satisfacen. Acepté y descubrí un chingo de cosas de mí misma (enfrentarlas, resolverlas y soltarlas ha sido un proceso bastante cansadito que, hablando específicamente de mi más reciente autocastigo en forma de persona, apenas esta quincena cerré oficialmente).

Cuando terminé mis primeros 9 días, me propuse un mes de descanso y volver a empezar, pero esta vez con una micro cada tercer día. Los días que no comía mantenía el buen humor que los días que sí, sin correr el riesgo de pasar noches sin dormir en caso de que quisiera tomar café. Debo decirlo: por momentos me abrumaba la cantidad de introspección que ocurría. OJO, esto no es algo mágico, tuve días de bajón y pensamientos intrusivos en los que la micro, si bien fue un colchón bastante amable para evitar que tocara fondo (y sobre todo que abusara del alcohol), tampoco “curó” algunos síntomas (no la recomendaría a personas con insomnio, por ejemplo).

Este año (ya sé que todavía no termina, pero como si sí), no tuve una crisis o bajón significativos. No tuve otros encuentros sexuales de auto-castigo. No tuve tantas ganas ni oportunidades de autosabotaje (aunque perdiera mi cartera con todo y un ajo completo, BTW). No satanicé a mi pareja, ni la idealicé, ni he visto con esa mirada blanco-negro a las personas cercanas a mí, no he bebido al grado de ponerme (o poner mi chamba u hogar) en riesgo como en años pasados (cada día pacheca estoy más cerca de volverme abstemia). Y sí: creo que (sin dejar de lado la terapia, de aprovechar las herramientas que he aprendido, del acompañamiento de personas maravillosas que soy súper afortunada de conocer y de mi fuerza de voluntad) la mirada “aqua-de-río” que me dio la micro, sobre todo en esos primeros nueve días, tuvo algo que ver.

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