No nos peinamos

No es un manifiesto, pero sí es un greñero.

 

—Oye tú, greña brava, ¿qué no te di para la peluquería?

Juan López Martínez, padre de familia.[1]

 

No nos peinamos; a veces, tampoco nos bañamos. Si el habla es el que le dicta a la RAE lo que debe o no de incluir en sus páginas, nuestros cabellos también representan una defensa de nuestra libertad. Al menos de la libertad por manifestarnos. Ese bullicio proviene de las raíces de nuestro cuero cabelludo. No podemos no alzar la voz cuando las hebras desordenadas invaden nuestros tímpanos.

 

Escucha

El rumor escucha

Las cadenas que lleva el torrente

Oye, mira

El terror cabalga en aras de bayoneta

Acércate amor mío, no temas, ya pasará

 

Son nuestros cabellos, aventajados por años de estudio, los que se niegan a silenciarse mediante un fijador marca Carreño. No usamos tubos en público, pero lo haríamos si tuviéramos la burbuja que no permitiera ver más allá de unos rulos definidos. Se cree que no usamos pelucas. Estas hebras se enredan por la irrigación que humedece nuestro propio encéfalo. El poder usar y desusar los nudos a conveniencia política, o a favor de un panfleto, es también un accesorio. Algunas pelucas nos permiten sobrevivir.

 

Nos cubrieron con lazos de dolor

Nos robaron el lenguaje de los astros

No temas ya llegará la aurora

 

“Los adultos ven cualquier cosa de la juventud como una agresión a sus principios y a sus bases morales”[2].  La momiza es lenta y, aunque quisieran, sus cabellos serían incapaces de salir del casco que han asumido por tanto tiempo. “¿Qué tienen que ver las melenas con la decencia o qué tienen que ver con que uno sea malo o sea bueno?”[3]. Ni sus pieles grisáceas les terminan por cuajar en la mente el verdadero matiz de la humanidad. Sí, tendrían que pintarse las canas, tendrían que atentar contra el envejecimiento y retrasar la calvicie que trae consigo la alienación de los folículos capilares. O peor, la pérdida del pelambre entre una almohada escarlata.

 

En la negritud se volcó la imagen

Nos rompieron los cráneos

Y mis cabellos bañan la simiente

Estréchate ya pasará el frío

 

 

En nuestras raíces está el sudor del campo, la feminidad y la masculinidad. “¡PUEBLO, NO NOS ABANDONES – ÚNETE PUEBLO!”.[4] Recortar el largo del pelo es olvidarnos de aquellas causas, ¿para qué queremos un peluquero? Preferimos las minifaldas.

 

Se crecieron las negras raíces

Serpiente verdesmeralda

Formada de cristal de gritos

Nos negaron el silencio

Y nos acogotaron con sus voces

Ya pasará amor mío no temas. [5]

 

 

Las bocas abiertas se arriesgan a que entren todo tipo de insectos y las melenas a ser jaloneadas y encarceladas. “Me llevaron golpeándome y jalándome de los cabellos”[6]. Porque nuestra mata es razón para que los autómatas nos maten. Hay muerte en nuestras fibras… y en las de ellos también.

 

“Y nos cortaron el pelo”.[7] Pero en el asfalto, seguirá creciendo.

 

Bibliografía:

  • Poniatowska, Elena, La noche de Tlatelolco, Encontrado en: <https://profesorisaacgarciariosestuamigo.files.wordpress.com/2012/04/la-noche-de-tlatelolco.pdf>, (10 de noviembre del 2015).

[1] Poniatowska, Elena, La noche de Tlatelolco, pp. 23. <https://profesorisaacgarciariosestuamigo.files.wordpress.com/2012/04/la-noche-de-tlatelolco.pdf>, (10 de noviembre del 2015).

[2] Op. cit., pp. 23.

[3] Ibidem.

[4] Op. cit., pp. 18.

[5] Santos, Eduardo, Op. cit., pp. 125.

[6] Op. cit., pp. 109.

[7] Op. cit., pp. 128.

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