No volveré a disculparme por amar

La peor forma de servidumbre es la voluntaria, y el abandono que busco constantemente en los demás también lo es. Sigo enamorándome de personas que son más ideas que cuerpo.

Sigo amando personas que no están emocionalmente disponibles.

 

Recuerdo los primeros síntomas: tenía doce años y ella no dejaba de abrazarme. Todos los días me despertaba con la alegría de encontrarme de nuevo cerca de su latir. Eso era todo lo que pedía. ¿Por qué una niña de doce años que no conoce algo más que violencia y soledad tanto en su casa como en la escuela no buscaría (con violencia) unos latidos que se enternecieran por los suyos? Eso hice. Mi personalidad destructiva exigía su tacto con más y más intensidad, y ellos, ellos se reían.

 

Los perdono y me perdono a mí por todo lo que hice pasarle a ella, quien también ha vivido más cosas de las que preferiría a su edad. Sé que hice lo único que podía hacer en ese momento, puesto que no tenía ninguna herramienta de gestión emocional ni mucho menos alguien con quien hablar. Tampoco sabía en ese entonces que lo que genuinamente quería era amor.

 

Hoy lo reconozco: vivo en un estado sediento de amor. Por eso no me sorprende cuando pido eso de la gente a mi alrededor. Por eso no me sorprende ser tan enamoradiza. Amo a la gente a mi alrededor. ¿Cuál es el conflicto? Por más que diga que no, estoy acostumbrada a la reciprocidad y cuando no la recibo tal y como la pienso, me convierto en esa persona que odia. Esa niña de doce años que sólo busca unos latidos que le calmen las pesadillas y es capaz de convertirse en una con tal de recibir una muestra de cariño.

 

La última vez que busqué amor de forma violenta, terminé siendo arrastrada por un elevador; puse en riesgo mi trabajo; puse en riesgo el trabajo de mis compañeros; hice sentir invadida a una persona que no tenía por qué cargar con la responsabilidad social de mis actos; ataqué a mi familia; y también me juré a mí misma que la próxima vez que sintiera esa urgencia de abrazar a alguien, me alejaría.

 

“Para ser un animal que nunca muerde, tuve que alejarte de mis garras”.

 

Pero esa tampoco es la solución. Sé que puedo encontrar un punto medio: no voy a alejarme de la gente que me hace bien por miedo. Tampoco los asfixiaré por miedo. Día tras día me abrazo, a veces con asco, y me repito que estamos bien. Todas esas fracciones de mi personalidad y yo estamos bien: estamos acompañadas la una por la otra. El único abandono al que prefiero poner atención es al mío. Y no me abandonaré.

 

Confío en mí. Confío en la mujer a la que he decidido amar y que ha decidido amarme. Confío en las mujeres a las que he dedicado incluso dos segundos de éxtasis. Confío en que estoy lista para proteger a esta niña de doce años que habita en mí y que esta vez no arruinaré la poca o mucha estabilidad que he logrado. Estoy enamorada. De ti, de mí, de la idea de estar cerca de tu inefabilidad. No volveré a mentirme en esto: reconozco que soy buena en muchas más cosas que sólo destruir lo que toco.

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