Por si alguna vez pierdes el norte

Te miro flotar en un camino solitario, lleno de gente que te admira, que no te traga, que te nutre de experiencias.

Te miro y admiro por lo poco, pero profundo que puedo adivinar en ti.

Por lo poco y tanto que me decían tus pasos cada vez que se acercaban, con seguridad, a cualquier destino.

Y es que tal vez sea esa la razón por la que, sin quererlo, te miro: por lo mucho que un camino abandonado tiene por enseñar y por vivir.

Te miro flotar en la deriva, buscando la gravedad que te mantenga en tierra y le dé sentido al volar.

Te miro y no lo hago, pues si tu frente es amplia, tu mirada es proporcionalmente recóndita.

Te miro y no lo hago, pues eres como esas ideas utópicas e inasibles cuyo potencial sólo logra comprenderse a la distancia o en la prohibición.

Te miro y no lo hago, pero hasta aquí puedo escuchar los pasos, incapaces de mantenerse quietos, envueltos en un “fuck off” que te llevarán a un espacio que te haga justicia.

Porque…

Te miro e incluso cuando no lo hago, descubro que mereces cosas tan increíbles como todo aquello que te ha hecho ser la persona que veo sin ver.

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