Tapas rojas

Yo no sé nada de la vida,
yo no sé nada del destino,
yo no sé nada de la muerte;
¡pero te amo!

Según la buena lógica, tú eres luz extinguida;
mi devoción es loca, mi culto, desatino,
y hay una insensatez infinita en quererte;
¡pero te amo!

Amado Nervo

 

Me dije que no sabía nada de la vida ni de la muerte, pero que tú no tenías relación conmigo. Que me dolían los pies por culpa de los zapatos nuevos; que esa librería era demasiado pequeña; que los libreros con vidrio y bajo llave de la entrada parecían exhibir dulces prohibidos; que tenía que dejar la mochila en paquetería; que el suéter de colores de la muchacha que trabajaba en la librería le habría gustado a Ella; que olvidara que la última vez que había estado en esa librería había ido con Ella; que no, que no habíamos estado en esa librería sino en una más grande de la misma calle del Centro Histórico; que el estante de libros dedicado a la poesía se encontraba hasta el fondo; que era injusta la escasez de repisas poéticas; que estaba haciendo trampa; que tenía que cerrar los ojos para elegir el libro; que con mi falta de vista y estatura no era necesario cerrar los ojos; que podía mirar a otro lado mientras tocaba los lomos de los libros hasta que sintiera al mesías; que mirara a la muchacha con el suéter de colores; que su peinado era idéntico al que Ella tenía cuando me hizo su primera escena de celos; que siempre me quiso amarrada y dispuesta. Y yo era la perra, me dije.

Me alegré de que la muchacha que tenía Su suéter y Su peinado no tuviera las mismas raíces negras renuentes al tinte rojo. Entonces mis huellas dactilares vieron aquel libro. Sintieron ese sabor a chile al que eran adictas a pesar de las ampollas. Lo tomé. Acaricié sus hojas. Abrí las tapas ennegrecidas por el polvo. Y ahí estabas. Te reconocí como una luz extinguida. Te leí en voz alta y no quise aceptar que nos conocíamos de antes. Dicen que el espíritu anda errante y que va de aquí allá ocupando cualquier cuerpo. Me imaginé encontrándote por la calle y adiviné la manera tan discreta en la que te vería y cambiaría de acera, para no leerte de nuevo. Pero claro, citándote, yo no podría cambiar de acera: mi devoción es loca y mi culto, desatino. Entonces llamaron a la muchacha por su nombre y no era su nombre, era el nombre de Ella. Te aplasté con las tapas rojas. Tomé otro libro de una pila que ya no cabía bajo el letrero de “Poesía”, pero que seguía perteneciendo al género. Y leí, con poca atención, algo sobre la anorexia nerviosa. Otro. Y los infartos. Otro. Y el alcoholismo. Otro. Y la antropofagia. Otro. Y las consecuencias de la actividad sexual con entes demoniacos. No quería enfrentarme contigo. Tú y yo sabíamos que esto no era una coincidencia. Tenía que cambiar algo para romper el círculo vicioso en el que huyo de ti tomando más de tres litros de agua al día para terminar leyéndote en exceso a medianoche. Me quedé con la antropofagia, una deuda de $15 y la nariz congestionada por tanto polvo.

 

Ella me pesa como me pesa el estar estancada entre tus dos piernas, ni tan abiertas como para soplar tus tapas rojas ni tan cerradas como para irme. Hay una insensatez enorme en quererte. Porque tu olor a humedad emana del mismo espíritu que el olor de Su sexo. Porque me acercas a la Súcubo de la que huyo y con la que me sigo quemando las plantas de los pies aunque cambie de calzado. Porque cuando quiero evadirte me respondes con las mismas palabras que Ella: “¡pero te amo!”.

 

 

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