¿Valiente o masoquista?

Basta una verborrea de cinco minutos, sobre cualquier tema, para que salga a la luz el que es mi peor defecto o la que es mi mayor virtud. Mi peor virtud o mejor defecto, si quieren verlo así. El tiempo que en realidad he vivido no corresponde a mi edad legal ni a mi edad física. En palabras de otros “soy aventada”, “valiente”, “todo se me hace fácil”, “tengo suerte”.  Y sí, realmente soy muy afortunada. Estoy segura de que lo que me mantiene, ya no saludable, sino viva, es cuestión de centímetros, de segundos. Soy valiente. Sí, pero no.

Nací prematuramente una tarde de Agosto regida por Mercurio. Y sigo viviendo antes de tiempo. Disfruto de ponerme en riesgo en silencio. Con un velo oscuro protegiéndome del resto del mundo. Me gusta la mala vida, secreta, personal. Antes de hoy, no bebía, no me lastimaba, no me lanzaba desde las alturas por valiente, sino por castigo, por vergüenza, por culpa, por sentir aquel dolor físico que me hiciera creer por un momento que era capaz de sentir algo que no fuera dolor emocional.

Me atrevo a decir que sí a experiencias antes de tiempo. Me atrevo a abrazar la tormenta que veo dirigiéndose hacia mí en vez de buscar un refugio desde el cual admirarla. Esencialmente, no es la valentía lo que me empuja, es una profunda tendencia autodestructiva que ahora puedo aprovechar para regenerarme y construir.

Como he mencionado antes, descifrar mi personalidad es más fácil observando mis relaciones. Desearía profundamente ser un poco más capaz de detenerme antes de abalanzarme encima de las personas que me gustan o que tienen un gesto amable conmigo. Por ejemplo, existe el caso de (llamémosle) Angélica, alguien a quien conocí el año pasado. Un día Angélica decidió sentarse a comer conmigo para que no comiera sola. Y ya. Es todo. Desde entonces poco faltaba para que recolectara cada uno de los tenedores que usaba para crear un altar al puro estilo de Helga con Arnold. Sólo tuvo ese gesto y “me enamoré” perdidamente hasta de sus malos hábitos. No tienen idea de todas las madrugadas en las que le llamaba  con tal de escucharla ácida, porque especialmente así me parecía un “gran ser humano”. Hasta el día de hoy sigo admirando a Angélica, aunque soy consciente de que en realidad nunca la he querido. A pesar de elegir un mal motivo y un pésimo método, no me arrepiento porque en verdad aprendí mucho de ella y a la fecha me hace reír y sorprenderme con todo lo que hace. Y así con todo. Agradezco cada una de las experiencias a las que mi impulsividad me ha llevado, ya sea por valentía o masoquismo puro. Y las acepto, pues sé que por más que apriete la correa, no dejaré de buscar el riesgo en un futuro cercano.

Al final de cuentas, lo masoquista no quita lo valiente.

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